Circular
06/13
Santa Lucía, a 30 de enero 2013
Podemos
pensar que si no tenemos el gen del talento no hay nada que hacer o
ponernos manos a la obra. Sin duda, el trabajo y la constancia son
las mejores formas de provocarlo.
Flaubert
me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga
paciencia", escribió Mario Vargas Llosa en el discurso de
aceptación del Nobel de Literatura. Un año antes, en Cartagena de
Indias, había explicado que Flaubert empezó siendo un mal
escritor, un mero imitador, y que para ser el genio que fue se
impuso una disciplina de galeote. "Yo llegué a la conclusión",
dijo el escritor peruano, "de que si uno no lo tenía se lo
podía provocar a base de trabajo". El protagonista de la
novela de Javier Cercas La
velocidad de la luz
(Tusquets), Rodney Falk, opina lo mismo: "El talento no se
tiene, sino que se conquista".
"La
excelencia es un hábito"(Aristóteles)
El
científico Robert J. Sternberg, uno de los más reputados expertos
actuales en temas de inteligencia, denomina "inteligencia
exitosa" a lo que Marina llama talento. Es decir, la
inteligencia que se emplea para lograr objetivos importantes. Más
amplia que lo que miden los tests de inteligencia porque incluye la
gestión de las emociones, la tenacidad, el esfuerzo o la resistencia
a la frustración. Las personas que poseen esa aptitud básica no
dependen demasiado de las motivaciones externas, sino que saben
automotivarse; aprenden a controlar sus impulsos; saben cuándo
perseverar y cuándo cambiar de objetivo; saben sacar el máximo
provecho de sus capacidades; completan las tareas, tienen iniciativa,
no dejan las cosas para otro día...
¿Qué
papel desempeña el trabajo duro en la consecución del talento?
Prácticamente lo es todo. Aunque desde Darwin la forma
tradicional de considerarlo, según Dan Coyle, ha sido esta: los
genes (la naturaleza) y el entorno (la educación) se combinan para
convertirnos en lo que somos. "Es un método popular",
afirma Coyle, "pero cuando se trata de explicar el talento
humano, es un modelo vago". Según el escritor, pensar que esta
cualidad procede de los genes y el entorno es como pensar que las
galletas proceden del azúcar, la harina y la mantequilla: es
bastante cierto, pero inútil.
La
regla de las 10.000 horas
"Salvo
los tontos, los hombres no se diferencian mucho en cuanto a
intelecto; solo en ahínco y trabajo duro" (Charles Darwin)
Investigadores
como Anders Ericsson, Herbert Simon y Bill Chase sostienen que las
grandes habilidades en cualquier campo -violín, matemáticas,
ajedrez, etcétera- requieren aproximadamente de una década de
práctica intensa. Incluso Boby Fischer, prodigio del ajedrez,
necesitó practicar con ahínco durante nueve años para lograr, a
los 17 años, el título de gran maestro. La regla de los 10 años, o
de las 10.000 horas, implica que todas las habilidades se crean
utilizando el mismo mecanismo fundamental. "No hay ningún tipo
de célula que posean los genios y no tengamos el resto",
sostiene Ericsson.
Junto
con dos colegas de la Academia de Música de Berlín, Ericsson
realizó, a principios de los años noventa, un estudio de
referencia. Dividieron a los violinistas en tres grupos. En el
primero estaban los estudiantes con un mayor potencial. En el
segundo, aquellos juzgados simplemente como buenos. En el tercero,
los estudiantes que tenían pocas probabilidades de llegar a tocar
profesionalmente y pretendían ser profesores del sistema escolar
público.
A
todos les preguntaron: ¿en el curso de toda su carrera, cuántas
horas ha practicado en total? Todos habían empezado a tocar
aproximadamente a la misma edad, alrededor de los cinco años; en
aquella fase temprana, aproximadamente la misma cantidad de horas,
unas dos o tres por semana. Las diferencias surgían a partir de los
ocho años. Los estudiantes que terminaban como los mejores de su
clase empezaban por practicar más que todos los demás, y a los
veinte practicaban por encima de las 30 horas semanales. Los
intérpretes de élite habían acumulado 10.000 horas de práctica
cada uno. En contraste, los estudiantes buenos a secas habían sumado
8.000 horas. Y los futuros profesores de música, poco más de 4.000.
El
mismo patrón se repitió con pianistas profesionales. Lo más
llamativo del estudio de Ericson, según cuenta Gladwell en Fueras
de serie, es que no encontró músicos natos
que flotaran sin esfuerzo hasta la cima practicando una fracción del
tiempo que necesitaban sus pares. "Tampoco encontraron obreros
romos a los que, trabajando más que nadie, lisa y llanamente les
faltara el talento necesario para hacerse un lugar en la cumbre. Una
vez que un músico ha demostrado capacidad suficiente para ingresar
en una academia superior de música, lo que
distingue a un intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo
que cada uno dedica a practicar. Y eso no es todo", concluye
Gladwell; "los que están en la misma cumbre trabajan mucho,
mucho más que todos los demás".
Vayamos
al cerebro. Y, por una vez, no relacionemos las famosas neuronas y
talento. Cada vez son más los neurólogos que consideran a la
mielina -mucho menos estudiada que las neuronas- como la clave de la
adquisición de habilidades. Toda habilidad humana, ya sea jugar al
balonmano, pintar o interpretar a Bach, proviene de una cadena de
fibras nerviosas que transmiten un diminuto impulso eléctrico. La
mielina rodea las fibras nerviosas. Permite que la señal sea más
veloz y fuerte porque impide que se escapen del circuito los impulsos
eléctricos. Cuando practicamos, esta lipoproteína responde
cubriendo el circuito neural y añadiendo, en cada nueva capa,
habilidad y velocidad. Es como conseguir una especie de línea de
banda ancha: se multiplica por 3.000 la capacidad de procesamiento de
la información.
Práctica
y Mielina
"El
talento es algo bastante corriente. No escasea la inteligencia, sino
la constancia" (Doris Lessing)
En
2005 se escaneó el cerebro de varios concertistas de piano y se
descubrió una relación directamente proporcional entre las horas de
práctica y esta materia blanca. Cuanto más se activa el nervio,
mayor es la cantidad de esta lipoproteína que lo envuelve. Pero,
como sostiene Dan Coyle, no se forma para responder a ideas vagas, a
información que nos lava como una ducha caliente. Se crea para
responder a acciones concretas. Es necesaria la práctica intensa.
Teniendo en cuenta una aparente paradoja: aquellas experiencias en
las que al principio cometemos más errores, errores que nos obligan
a ir más despacio, son las que nos hacen más talentosos.
"Las
cosas que hoy parecen ser obstáculos se convierten a la larga en
aconsejables", sostiene Robert Bjork, catedrático de
psicología de la Universidad de California. De él es el siguiente
ejemplo: pongamos que por enésima vez viajamos en avión y
observamos a la azafata mientras nos enseña cómo ponernos el
chaleco salvavidas. Parece un disco rayado. Pero ¿sabríamos hacerlo
en un momento de urgencia?
Bjork
sostiene que lo ideal sería, en vez de observar a la azafata,
ponernos directamente el chaleco y practicar (menudo espectáculo se
organizaría en el avión). Practicar. Aprender. Cometer
errores. Así se logra el talento. Volviéndolo a intentar.
Fracasando otra vez. Fracasando mejor.
(Gaspar Hernández –
El País-)
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